domingo, 21 de noviembre de 2010

¡Viva Cristo Rey!

¡Viva Cristo Rey!, es el grito que resuena en nuestra patria cuando nos acercamos a celebrar este día. Decir ¡Viva Cristo Rey! nos recuerda a tantos hermanos nuestros que en la lucha cristera dieron sus vidas por ser fieles a su fe, por defender su libertad, por no rendirse ante quienes buscaban usar la religión para amasar al pueblo.

Pero decir ¡Viva Cristo Rey! no basta. Hemos escuchado en el Evangelio, no la entrada triunfal a Jerusalén, la ciudad santa, sino las burlas que Jesús recibe en el momento de la crucifixión. Se mofan de de Jesús las autoridades religiosas, las autoridades políticas, y hasta el pueblo que sufre. El mesianismo de Jesús es muy diferente a las expectativas que el mundo puede tener en el reinado de Dios. El reino de Jesús no se impone por la fuerza, se propone a los corazones de aquellos que son capaces de descubrir que en medio de sus sufrimientos, Dios mismo acompaña a cada hombre, a cada mujer.

Nuestro Señor Jesús no ha querido una corona de oro, sino una corona de espinas; a despreciado los tronos y sube a la cruz para dar testimonio de la verdad. Nuestro Señor es un rey diferente, es un rey que comprende que el verdadero reino se establece en el Hoy de Dios, y que ahí es donde se realiza el paraíso. Jesús no es un rey del mañana que busca extender sus dominios y ser más poderoso… su poderío es la misericordia, y ese es un manantial que no se seca, y que él ofrece a todos. Y el agua de este manantial brota de su propia muerte y resurrección, en que nos asocia a él, para ser hijos libres de Dios. Esta es la gran noticia: Jesús es el primogénito de toda creatura, es el primero en todo. Él es imagen de Dios invisible, para que nosotros pudiéramos ver la grandeza del amor del Padre. Por ello, el reinado de Jesús no consiste en acaparar la honra y la gloria para él: él nos comparte la gran dignidad de ser hijos de Dios como él, para que nosotros también reproduzcamos en nuestra vida esa imagen del amor de Dios. Somos un pueblo de reyes, adquirido por la sangre del Rey de reyes, Jesús, el Señor.

Decir ¡Viva Cristo Rey!, es esperar que se haga realidad el gran proyecto de Dios: el Reino. Cada vez que rezamos el Padre Nuestro, cada vez que terminamos de rezarlo decimos: Tuyo es el Reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor. Cada vez que decimos esto, estamos invitados a comprometernos a hacer presente en nuestro mundo el amor de este buen Dios. El Reino de Dios no se juega en las cámaras de diputados, ni en las balaceras de cárteles delictivos, ni en urnas electorales, ni en guerras, ni siquiera en comerciales de televisión… el Reino de Dios se hace realidad cuando todos y cada uno, como los hicieron los israelitas de la primer lectura, en presencia de Dios reconocemos a Jesús como el Pastor constituido por el Padre para guiarnos a la vida eterna, a la Paz.

Que Cristo sea el Rey de la Paz en nuestros corazones, en nuestras familias, en nuestras calles y en nuestra Patria. Que Cristo reine en tu corazón, y siendo verdaderamente el centro de tu existencia, le ofrezcas como el buen ladrón tu arrepentimiento por tus faltas, que defiendas su honor ante las burlas, que lo proclames como tu Señor y esperes todo de su Misericordia. Él sabe pagar, prometiéndose él mismo, no es un rey lejano, aislado en la suntuosidad de un templo o en un planeta lejano; es el rey que avanza delante de su pueblo en medio de la batalla de cada día. No nos avergoncemos de nuestro nombre y de nuestra vocación de bautizados. No convirtamos a Cristo en rey de burlas, sino en el Señor de nuestra vida. Ser de Cristo es apostar por un proyecto que va más allá de cualquier miedo, de cualquier comodidad, de cualquier temor. Nos recordaba el Papa Juan Pablo II:

Ustedes, jóvenes y muchachos que miran hacia el mañana con el corazón lleno de esperanza, están llamados a ser los artífices de la historia y de la evangelización ya en el presente y luego en el futuro. Una prueba de que no han recibido en vano tan rico legado cristiano y humano será su decidida aspiración a la santidad, tanto en la vida de familia que muchos formarán dentro de unos años, como entregándose a Dios en el sacerdocio o la vida consagrada si son llamados a ello.
El Concilio Vaticano II nos ha recordado que todos los bautizados, y no sólo algunos privilegiados, están llamados a encarnar en su existencia la vida de Cristo, a tener sus mismos sentimientos y a confiar plenamente en la voluntad del Padre, entregándose sin reservas a su plan salvífico, iluminados por el Espíritu Santo, llenos de generosidad y de amor incansable por los hermanos, especialmente los más desfavorecidos. El ideal que Jesucristo les propone y enseña con su vida es ciertamente muy alto, pero es el único que puede dar sentido pleno a la vida. Por eso, descoJustificar a ambos ladosnfíen de los falsos profetas que proponen otras metas, más confortables tal vez, pero siempre engañosas. ¡No se conformen con menos!

jueves, 14 de octubre de 2010

Absoluto de Dios y miseria humana

“Cuanto más un creyente quiere vivir el absoluto de Dios, más
debe integrarse en el absoluto de la miseria humana” (Roger de Taizé)

Me he encontrado con esta hermosísima frase de un santo de nuestro tiempo. Un santo porque supo ser todo de Dios, pero como dice en esta sentencia, supo ser todo de sus hermanos, especialmente los más jóvenes. Evocar a Roger de Taizé es todo un compromiso, pues es necesario “amar y decirlo con la vida”. Su vida fue una parábola de esperanza y de reconciliación para nuestro mundo, sus palabras una clara fuente que sin rebuscamientos ofreció una luz para las más profundas inquietudes del corazón humano. ¡Cuánto le haría bien a nuestros jóvenes, a nuestras Iglesias y a nuestro mundo entender este fino equilibrio entre realidad teológica y realidad humana.
La miseria del hombre, rompiendo toda lógica, es el locus theologicus de la potencia misericordiosa de Dios. No se trata de un mero consuelo del hombre frente a la adversidad o su limitación, sino la apertura a una confianza que va contra toda esperanza y descubre inusitados horizontes en que uniéndose cielo y tierra en la distancia dan la certeza de un misterio que envuelve toda existencia, no sólo la personal. Todo se vuelve propio, como si en ese abrazo de infinito lejos de desaparecer la miseria humana se transfigurara en la suma de toda miseria, arrancándole la máscara de fatalidad y devolviendo el sentido de toda existencia: ser.
La relación entre Creador y creatura no tiene que suponer necesariamente una anulación de alguno de ellos, de lo otro. La miseria humana no prueba la inexistencia de Dios del mismo modo en que la existencia de Dios no anula la existencia de la miseria humana. Dios no es, en su ser, un remediador de miserias, cuanto que él es quien sustenta toda existencia, diversificada en sus notas peculiares, en sus contradicciones históricas, en sus limitaciones fácticas. Aprender desde el corazón de Dios es apostar por el sustento de cada existencia por encima de sus peculiaridades, descubriendo en cada una la riqueza por lo que puede ser amada. Desde el corazón de Dios se descubre una verdad diferente a la lógica humana del vencedor, se sienten ansias de amar, porque Dios no puede hacer otra cosa que amar.
Y estas ansias de amar se desbordan en la graciosidad del don de la propia vida. El compromiso cristiano no nace de un amor al hombre por ser hombre, como un igual – aunque esto es loable – sino desde una óptica que al amar no se ama a sí mismo, se ama desde lo inapreciable de la diferencia. Inapreciable a los ojos del mundo, pero queda intuición que divinamente revela el misterio de la humanidad, de toda creaturalidad, de todo aliento que como un suspiro es pronunciado por la boca de Dios. El “hágase” de la creación resuena como un hondo eco musitado por los labios humanos, la unión con Dios pone su palabra en nuestra boca y el suave soplo del Espíritu que habita en nosotros nos convulsiona hacia cada hombre y mujer que sufre la ausencia de Dios, y con ella, nuestra misma ausencia. Al empatizar con el misterio de la miseria humana, empatizamos con la misericordia divina, restituyendo en nuestro ser la divinidad que no nos fue quitada, sino obsequiada por el don que unió para siempre cielos y tierra: la pascua del Hijo de Dios. La vida humana, sin perder un ápice de identidad se vuelve proactiva, diluyendo el miedo a la muerte, a la soledad, al abandono. El “Yo soy” se completa con el “para”: para que tengan vida y la tengan en abundancia.

Así pues, toda miseria humana, aún la propia, es un momento de gracia en que se puede tocar el corazón de Dios. Como dice san Pablo: Muy a gusto presumo de mis debilidades porque así resplandecerá, en mí, la fuerza de Cristo.