jueves, 14 de octubre de 2010

Absoluto de Dios y miseria humana

“Cuanto más un creyente quiere vivir el absoluto de Dios, más
debe integrarse en el absoluto de la miseria humana” (Roger de Taizé)

Me he encontrado con esta hermosísima frase de un santo de nuestro tiempo. Un santo porque supo ser todo de Dios, pero como dice en esta sentencia, supo ser todo de sus hermanos, especialmente los más jóvenes. Evocar a Roger de Taizé es todo un compromiso, pues es necesario “amar y decirlo con la vida”. Su vida fue una parábola de esperanza y de reconciliación para nuestro mundo, sus palabras una clara fuente que sin rebuscamientos ofreció una luz para las más profundas inquietudes del corazón humano. ¡Cuánto le haría bien a nuestros jóvenes, a nuestras Iglesias y a nuestro mundo entender este fino equilibrio entre realidad teológica y realidad humana.
La miseria del hombre, rompiendo toda lógica, es el locus theologicus de la potencia misericordiosa de Dios. No se trata de un mero consuelo del hombre frente a la adversidad o su limitación, sino la apertura a una confianza que va contra toda esperanza y descubre inusitados horizontes en que uniéndose cielo y tierra en la distancia dan la certeza de un misterio que envuelve toda existencia, no sólo la personal. Todo se vuelve propio, como si en ese abrazo de infinito lejos de desaparecer la miseria humana se transfigurara en la suma de toda miseria, arrancándole la máscara de fatalidad y devolviendo el sentido de toda existencia: ser.
La relación entre Creador y creatura no tiene que suponer necesariamente una anulación de alguno de ellos, de lo otro. La miseria humana no prueba la inexistencia de Dios del mismo modo en que la existencia de Dios no anula la existencia de la miseria humana. Dios no es, en su ser, un remediador de miserias, cuanto que él es quien sustenta toda existencia, diversificada en sus notas peculiares, en sus contradicciones históricas, en sus limitaciones fácticas. Aprender desde el corazón de Dios es apostar por el sustento de cada existencia por encima de sus peculiaridades, descubriendo en cada una la riqueza por lo que puede ser amada. Desde el corazón de Dios se descubre una verdad diferente a la lógica humana del vencedor, se sienten ansias de amar, porque Dios no puede hacer otra cosa que amar.
Y estas ansias de amar se desbordan en la graciosidad del don de la propia vida. El compromiso cristiano no nace de un amor al hombre por ser hombre, como un igual – aunque esto es loable – sino desde una óptica que al amar no se ama a sí mismo, se ama desde lo inapreciable de la diferencia. Inapreciable a los ojos del mundo, pero queda intuición que divinamente revela el misterio de la humanidad, de toda creaturalidad, de todo aliento que como un suspiro es pronunciado por la boca de Dios. El “hágase” de la creación resuena como un hondo eco musitado por los labios humanos, la unión con Dios pone su palabra en nuestra boca y el suave soplo del Espíritu que habita en nosotros nos convulsiona hacia cada hombre y mujer que sufre la ausencia de Dios, y con ella, nuestra misma ausencia. Al empatizar con el misterio de la miseria humana, empatizamos con la misericordia divina, restituyendo en nuestro ser la divinidad que no nos fue quitada, sino obsequiada por el don que unió para siempre cielos y tierra: la pascua del Hijo de Dios. La vida humana, sin perder un ápice de identidad se vuelve proactiva, diluyendo el miedo a la muerte, a la soledad, al abandono. El “Yo soy” se completa con el “para”: para que tengan vida y la tengan en abundancia.

Así pues, toda miseria humana, aún la propia, es un momento de gracia en que se puede tocar el corazón de Dios. Como dice san Pablo: Muy a gusto presumo de mis debilidades porque así resplandecerá, en mí, la fuerza de Cristo.